¿Dónde nace la violencia cuando no se integra la herida?
- 4 feb
- 6 Min. de lectura
Una reflexión sobre vulnerabilidad, herida e integración de la sombra
¿Y no es extraordinario que, desaparecidas las causas, persistan los efectos?
¿Y que los efectos oculten a las causas?
— Octavio Paz, El laberinto de la soledad
Hoy, escuchando la plática de la mañana sobre unos chicos que hicieron una travesura que terminó en un acto de violencia por parte de dos adultos hacia una menor, me cuestionaba sobre el mal y la inocencia.
Como humanidad, tendemos a hablar de la inocencia en los niños, de que son almas puras, y me cuestionaba: ¿realmente lo son? ¿Qué nos da ese estatus de pureza e inocencia cuando somos niños? Mientras avanzaba el día, no dejaba de darme vueltas en la cabeza la pregunta sobre cómo o cuándo alguien puede volverse “malo”, o si la inocencia se pierde en algún momento y de qué manera. En mi cabeza —como buena psicóloga— revoloteaban rápidamente teorías sobre el trastorno antisocial de la personalidad, que más tarde, en la adultez, puede convertirse en psicopatía. Pero en mi recorrido por las teorías psicológicas no podía evitar pensar también en la parte espiritual y en los aprendizajes que tenemos a partir de estas lecciones.
En un par de lecturas de Registros Akáshicos que he realizado, he tenido la oportunidad de ver vidas pasadas de los consultantes en las que fueron soldados nazis y cómo, en esta vida, están reestructurando o reparando esa parte de la historia de su alma. Esto no como una explicación absoluta ni como un consuelo fácil, sino como una forma simbólica de comprender cómo ciertas memorias —personales o colectivas— buscan reparación. No podía evitar pensar que sí, ciertamente hay maldad e injusticia en esta vida y en la humanidad, pero que también estamos siendo confrontados con ellas para transformarlas. A veces, un suceso traumático detona en nosotros el impulso de ayudar y de crear espacios o herramientas para otros, inspirados desde la propia vivencia. En psicología llamamos reparación a este mecanismo de defensa, y creo que es mucho de lo que venimos a hacer en esta vida: aprender, hacernos conscientes y reparar errores o heridas que se repiten. Después de todo, la Tierra es una escuela y venimos a aprender de las polaridades; si lo queremos ver de manera muy concreta, del bien y del mal.
También pensaba en cómo aprendemos a forjar el carácter al atravesar, desde el psicoanálisis, las etapas del desarrollo, y cómo vamos aprendiendo a afrontar los eventos a través de mecanismos de defensa que, aunque al inicio son funcionales y van forjando nuestros rasgos de carácter, si se atrofian, se convierten en trastornos de carácter. A la par, reflexionaba sobre que desde el día uno de la carrera de Psicología nos dicen: la personalidad es producto de la suma del temperamento más el carácter. Se dice que el temperamento es innato y hereditario, pero ahora que me he adentrado en el estudio de temas espirituales, pienso que el temperamento es parte de esa memoria de nuestra alma, la esencia con la que evolucionamos vida tras vida.
Me gusta pensar que es como un actor que, aunque representa a diferentes personajes a lo largo de su carrera, conserva cierto parecido, una misma esencia o chispa. Me viene a la mente Robin Williams, quien solía interpretar papeles en los que parecía un eterno niño. Al menos yo buscaba sus películas porque sabía que la esencia de Robin estaría plasmada en uno u otro personaje. Algo así creo que nos pasa al reencarnar: la misma chispa detona un fuego similar, aunque con matices que lo diferencian.
Me cuestionaba también por qué, como sociedad, estamos siendo indiferentes a ciertas situaciones o circunstancias. Me parece que, en algunos casos, la gente protesta sobre el tema social que está en polémica mundial en ese momento, pero muchas veces se deja de lado lo que ocurre de cerca, en casa, aunque no es una generalización. En estos días está muy presente el tema de Jeffrey Epstein y los abusos cometidos por él y por personas en posiciones de poder contra mujeres y niños. Veo a mucha gente opinando sobre lo indignante de este tema y me he preguntado si sabrán que México es uno de los primeros lugares mundiales en trata y pornografía infantil, y cuántas veces estas mismas personas han puesto el foco en lo que está sucediendo en su país, en su barrio o incluso en su casa. No es que un tema sea mejor o peor que otro, pero creo que tenemos más accesibilidad e impacto en aquello que tenemos cerca que en lo que nos parece indignante de nuestro país vecino.
Personalmente, creo que hay una creciente insensibilización en nosotros como sociedad, y no estoy segura de que sea porque no nos importe, sino porque muchas veces resulta demasiado abrumador. Por ejemplo, escuchar noticieros en los que todos los días hay muertos, balaceras, desaparecidos, guerras, etcétera. Son temas dolorosos e incómodos que no siempre son fáciles de mirar, porque nos confrontan con esa parte de la dualidad humana que preferimos no ver, creando la ilusión de que, si no lo vemos, no existe, hasta que la realidad nos sorprende, nos despierta y nos confronta.
Me parece que en este momento seguimos escindiendo mucho e integrando poco, porque, como en los cuentos, necesitamos ver las polaridades: el héroe como bueno y el villano como malo. Me viene a la mente la película Maléfica, en la que uno comprende el origen del enojo y la maldad de la villana, lo que la vuelve un poco más humana; no para justificar sus actos, sino para comprender de dónde nace la violencia cuando no se integra la herida, porque en todos existe y coexiste lo bueno y lo malo.
Con esto no quiero justificar ni minimizar ningún tipo de abuso, sino poder hacer un zoom out del letargo y el adormecimiento que tenemos como sociedad, y reflexionar sobre cómo un evento en una comunidad puede comenzar un cambio. Para transformar un macrosistema — un país, un continente o el mundo— necesitamos comenzar por trabajar en los microsistemas: nosotros mismos, la familia, la comunidad escolar, nuestra colonia, nuestra delegación, la ciudad, etcétera. No se trata sólo de culpar o de acudir al gobierno, que muchas veces se torna indiferente e ineficiente, sino de poder generar cambios desde estos microsistemas y llevar ese impacto hacia algo más grande.
Si tratamos de encontrar y comprender las raíces del “mal”, por ejemplo, en chicos con personalidad antisocial, casi siempre encontramos abusos que se perpetúan por generaciones y que comienzan a manifestarse desde edades muy tempranas con seres indefensos: animales o niños más pequeños. Cuando crecen, suelen tener predilección por cierto perfil en sus víctimas; por eso vemos asesinos seriales en los que se repite un patrón, muchas veces ligado al momento o a la persona ante la cual se sintieron impotentes o indefensos. Es como si, desde una lógica psíquica distorsionada, intentaran reparar o invertir la escena de impotencia original.
Volviendo a la pregunta que me planteaba al inicio sobre la pureza y la inocencia de los niños, me parece que es la vulnerabilidad la que permite comprender ambas caras de una misma moneda.
Como niños, estamos a merced del cuidado y la protección de los adultos, y tardamos mucho más tiempo en ser independientes que en el mundo animal, lo que nos hace sumamente vulnerables. Si tenemos la suerte de crecer en un entorno amoroso, cálido, comprensivo y que sostiene, hay una alta probabilidad de que vivamos y crezcamos sanos; pero también existe la posibilidad de que, si se construye una burbuja de cuidado y protección, se crezca con demasiada ingenuidad y se permita que otros traspasen nuestros límites, porque se deja de lado la existencia de “la maldad” y se prioriza “la bondad”.
El cuidado físico no nos garantiza una sanidad mental o emocional. Hay situaciones en las que el cuidado emocional se deja de lado, y eso puede ser igual de traumático que el descuido físico, aunque se le preste menos atención por ser menos evidente. En personalidades agresivas o psicopáticas, por el contrario, suelen ser personas que se sintieron sumamente vulnerables, pero construyeron una defensa basada en aparentar lo contrario. Esto las lleva a ejercer control y poder sobre otros para dejar de sentirse frágiles y a merced del mundo. Es curioso observar cómo, en ciertas familias, un hijo es “bueno” y el otro “malo”, sin que parezca haber explicación; pero si lo observamos de cerca, el aprendizaje en esta polaridad tiene que ver con romper el mismo patrón gestado sobre la misma base: el de víctima-victimario.
Basta con leer El laberinto de la soledad de Octavio Paz para darnos una idea de cómo, como mexicanos, creamos máscaras y construimos una identidad basada en sucesos históricos, culturales y fundacionales que hemos atravesado como sociedad, y de cómo podemos salir de ese laberinto al comprender y trascender a través de la conciencia y la creatividad, y no mediante la agresión y la destrucción, que la gran mayoría de las veces es lo conocido. Quizás ahí radique el aprendizaje: mirar el espejo para visualizar e integrar la imagen completa y profunda.
Tania Díaz Michel, Psicologa y Lectora de Registros Akáshicos, graduada de la escuela.
*Este artículo de nuestra egresada, surgio a partir de el siguiente video, te invitamos a verlo.

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